lunes, abril 03, 2006

Tu mundo está burlándose de mí (publicado en noviembre de 2005)

Tan puntual como siempre mi despertador suena a las siete de la mañana. Mala suerte: la encargada de hacerme salir de mi sopor ha sido nuestra canción, aquella con la que nos conocimos, la misma que acabaría poniendo banda sonora a nuestra historia. Así comienza mi día. Un día, una mañana, otra tarde, una más.
Una ducha, unas tostadas. Aún abotargada, mojo las magdalenas en el café, casi inconscientemente. Movimientos mecánicos que forman parte de mi rutina... solitaria. Echo de menos tu periódico en la mesa, a primera hora. Tu voz, clavándose en mis oídos, todavía dormidos, mientras me recordabas con persistencia que si no me daba prisa llegaría tarde al trabajo.
El abrigo en la percha espera arropar mi cuerpo. Creo que es el único que desea hacerlo ahora. Sin embargo, su calor artificial no impide que la escarcha de la mañana, una vez en la calle, se meta en mis huesos. "No es normal - pienso -, antes no me sucedía". Será que el frío corporal también entiende del frío de espíritu...
Las calles, los coches, la parada de metro, todo ha cambiado de color. Me parece que mi entorno ha adquirido el tono gris de este odioso invierno. Un joven, en la entrada, me extiende un ejemplar del periódico gratuito de siempre. Echo un vistazo a la portada y leo en titulares una noticia que habla sobre la ciudad que tanto queríamos visitar. ¡Cuántas horas de ilusiones malgastadas planeando un viaje que nunca se llegaría a realizar!
La mañana discurre tranquila, pero lenta, bajo las inoportunas preguntas que sobre ti me formula algún que otro compañero despistado. Odio tener que dar explicaciones sobre lo que ha ocurrido. Un final repetido en sinfín de ocasiones que ya empiezo a ver como algo ajeno, al igual que alguna de aquellas historias que nuestras abuelas nos contaban de niños y que el paso del tiempo y las distintas versiones alejaban de la realidad.
Mi ineludible cita con el café de cada tarde me lleva a ocupar aquel rincón escondido de nuestra cervecería. Yo me he negado a abandonarla y tú, sospecho que por mi culpa, no has vuelto a cruzar su puerta. Leo el periódico, entre distraída y ausente, mientras observo que estoy rodeada de parejas jóvenes, de esas que se prodigan caricias y arrumacos a cada instante. Me traen a la memoria el recuerdo de nuestro primeros años. Aquel muchacho se parece a ti, algo en su mirada dibuja en mi mente la imagen de la tuya. "La cerveza ya se ha instalado en ella", me decías, aludiendo a tu afición al alcohol cada vez que yo lanzaba frases halagadoras sobre el color miel de tus ojos. Quién sabe, tal vez aquel niño que empezó a formarse dentro de mí y que se quedó sin cara y sin nombre, a causa de mi maldita naturaleza enfermiza, podría haber sido como él dentro de veinte años.
Recorro con parsimonia el trayecto que me lleva a casa. Ya no hay nada que me haga subir los escalones apresurada, con una sonrisa en los labios, ni buscar las llaves nerviosamente entre el desorden de mi bolso. Ya nadie me espera, sólo el alma dormida de tu sillón, de tu taza en la alacena, del cenicero vacío de colillas. Todo parece hueco entre estas paredes. Pero, curioso, tu fantasma me persigue por cada rincón. Siento tus brazos rodeando mi cintura mientras preparo la cena, tus dedos picoteando la ensalada y tu respiración a mi lado, cada vez que me despierto en mitad de la noche, ocupando el "hueco vacío de la cama". Desde que todo terminó, lo único que deseo es caer en un estado permanente de letargo. El sueño es la única tregua que me concede tu ausencia.

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