domingo, marzo 29, 2009

El candado

1. Enviar el pedido.

2. Terminar el informe.

3. Reunión a las 12.

4. Responer varios e-mails.

5. Almuerzo con el director.

Eso es todo. Para ellos. Para él, no. Lo más importante para él no está ahí. Pero eso no lo sabe nadie. Nadie, excepto él. No le deja concentrarse. No puede hacerlo poque sabe que está allí, en el cajón de su escritorio. Bajo llave. Escondida, o esa era la intención. Pero lo llama, o él siente que lo llama. Y mira el candado. Y quiere abrirlo. Y quiere cogerla.

Por eso se le olvida. Por eso va al despacho del director a las doce de la mañana. Le dice que no, que habían acordado un almuerzo, ¿no era así? Y vuelve a su sitio, pero sólo ve el candado. Va a por un café, para hacer tiempo. No le calma, tampoco lo pretendía. Pero da vueltas por la oficina. Y luego se sienta de nuevo. Quiere acabar el informe, pero no está en su sitio. Está en el de enfrente. Y se levanta, y se sienta otra vez. Ahora ya bien. Echa hacia atrás el respaldo del sillón, y ve el candado. Y se incorpora. Va a la sala de reuniones. Papeles revueltos sobre la mesa. Terminó hace rato. Nadie le avisó.

Regresa a su puesto de trabajo. Los correos electrónicos, recuerda. Responde, o al menos lo intenta. Le dicen que el contrato con K.O. se debió cerrar ayer, que qué pasa. No lo sé, contesta. Y da al botón de "enviar". Que por qué va con tanto retraso el asunto con los de abastos. No me importa, sostiene. No soy yo, es el candado. Es el cajón. Es lo que hay dentro del cajón. No lo entenderán, les comenta. Y vuelve a mirarlo. Te llaman por teléfono, le dicen. Que te llaman por teléfono, insisten. Que lo cojas de una vez. Que si estás sordo. Sordo, piensa. Sí. Y ciego, también. Que si ha enviado el pedido. Que si ya ha enviado el pedido. Joder, que si lo ha mandado o no.

Lo llama. Lo vuelve a llamar, pero ahora no son ellos. Es el cajón. Es el candado. Le tiembla el pulso. Lo nota al teclear "q" en lugar de "a". Lo siente al escribir el signo de interrogación en vez del exclamativo. Pero no es él. Es el cajón. Es el candado. Ellos dibujan también un cerco de sudor bajo las axilas. Ellos le taponan los oídos. Y se dice que ya basta, que ha sido suficiente. Y coge la llave, minúscula. Y la mete en la cerradura. Hace ruido. Tropieza con el escritorio. Y el candado se abre, por fin. Y agarra el tirador. Y allí está, brillante. Sobre el fondo oscuro.

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lunes, marzo 23, 2009

Espera

Saca un cigarro. Lo enciende con un rápido movimiento de muñeca, y mira a izquierda y derecha. No le gusta, o al menos da la impresión de que no le gusta. Eso de estar parada, de pie, esperando. Parece una persona sin rumbo. Cree que los demás tienen un destino al que ir. Unos van a un café; otros, de regreso a casa. ¿Y ella? ¿Dónde va ella? O, mejor, ¿dónde no va?

Se queda mirando fija en un punto, a lo lejos, y su boca apunta una sonrisa. Pero sólo apunta, porque vuelve a buscar el paquete de tabaco dentro de su bolso, visiblemente fastidiada. Y es que opina que no le queda otra más que colocarse un nuevo pitillo entre los labios. Le parece que así el tiempo se consume más a prisa. O tal vez no. El caso es que quiere volver a fumar de nuevo, a grandes caladas, como lo hacen las mujeres que esperan.

Cuando se acerca la llama a la boca, un niño pasa en su bici junto a ella, a toda velocidad. La mujer se esfuerza por mantenerse en equilibrio sobre sus tacones, que acaban por quebrarse. Ella cae al suelo, con las medias rasgadas y los muslos al aire. No se mueve. Se la ve contrariada. Duda. ¿Se levanta? ¿Pide ayuda? No sabe muy bien qué debe hacerse en ese tipo de situaciones. Nunca se ha visto en otra similar. No puede evitar pensar en la palabra “humillación”. Arruga la frente, tal vez enfadada consigo misma por no saber reaccionar con rapidez.

No le parece práctico intentar levantarse. Descarta el ponerse a luchar contra aquella corriente de piernas en movimiento que avanza por la acera. Por eso, se decide a gatear sobre las baldosas llenas de polvo, despacio, y termina por apoyar la espalda contra la pared. A su lado, una cucaracha asustada corre a esconderse entre las rendijas de un sumidero, y se encuentra con las innumerables colillas que acaba de consumir durante todos esos minutos de espera. Están mezcladas con otras. Algunas aún recientes. Varias ya descoloridas y aplastadas hasta perder su forma original.

Excrementos de perro, chicles petrificados y unos cuantos cristales hechos añicos completan el cuadro marginal. Un bodegón olvidado del que siente que ahora forma parte. Una escena invertida de la que ella ha pasado a ser protagonista. Pero parece que no le importa demasiado. Da la impresión de que no se acuerda del tabaco. Y es que en vez de buscar otro cigarro, se sostiene con las manos la cabeza despeinada. Observa cómo cientos de pies sin ojos se acercan para después alejarse de nuevo, sin hacer una pausa siquiera. Pero lo hace sin prestar demasiada atención, a decir verdad, como quien no tiene otra cosa mejor que hacer.

Delante de ella pasan mocasines, deportivas, zapatos con y sin hebilla, de punta, con cordones, bailarinas, botas de piel, tacones de aguja… Distintos tipos de calzado que llevan a sus dueños hasta lugares concretos, en horas exactas. Un único sitio, un único momento. Unas coordenadas similares a aquellas por las que ahora se encuentra tirada en ese sucio rincón de la calle. El mismo desde el que sigue esperando. Porque la mujer espera todavía. Sí, se diría que sí. Pero sólo por esperar, sin saber muy bien a qué.

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martes, marzo 10, 2009

Nunca sabrás

No sé si te acuerdas de mí. ¡Qué chorradas digo! ¡Claro que te acuerdas! Te puedo asegurar que yo de ti, sí. De hecho, aún sigo echando de menos tu figura menuda, moviéndose de un lado para otro. Llegó un punto en el que podía reconocerte de lejos. Ese particular balanceo al andar... Un chaval entre perezoso e indiferente. O, más bien, una especie de actor secundario que interpretó por un momento el papel protagonista, diría yo. Aunque lo cierto es que, ahora que no estás, las aguas han vuelto a su cauce. Para bien o para mal.
Pero, al fin y al cabo, el silencio del "no hay mensajes nuevos en su bandeja de entrada" no deja de ser un alfiler minúsculo que se clava entre las uñas. Igual que el deseo de ver aparecer un pequeño sobre amarillo en la pantalla del móvil. ¡Maldito aparato! Odio ver cómo se ríe de ti cada vez que lo miras, en vano, con la esperanza de encontrar algo nuevo. Seguro que alguna vez has pasado por eso...
En cambio, tú... Tú jamás sabrás de qué lado de la cama prefiero dormir. Tampoco tendrás nunca idea de lo mucho que me gusta escuchar, desde la calle, el sonido de una radio escapándose por el balcón. En la vida te enterarás, me temo, de que los días de lluvia terminan por deprimirme, o que me pone de mal genio que el viento revuelva mi pelo. Cada mañana desayuno un Cola Cao bien cargado, con cereales, y me cuesta horrores ordenar mi habitación. Pero eso es algo que tampoco te importa demasiado. Me hubiera gustado contártelo, ya ves, aun a sabiendas de que poco valía intentarlo.
Y puede ser que tengas razón, ¿sabes? Puede que, en el fondo, mi nariz sólo tenga de hebrea lo que yo le quiero atribuir. También es posible que, por mis venas, corra algo de sangre ceutí. Y es que España - como tú decías - no es más que un queso hecho de mil leches.
Y aquella canción... La escucho todos los días. No por ti, no te creas, aunque me siga recordando... Pero es que es buena para cargar pilas a primera hora. Tiene mucha fuerza, como bien sabes. Y, cada minuto que pasa, 'our time is running out' y hay que saber aprovecharlo. De todos modos, yo nunca tuve mucha idea de cómo poder hacerlo. Así me va.


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martes, febrero 17, 2009

No quiero ser Jane Austen

Mira, me estoy volviendo loca. Se supone que hay que escribir algo, ya sabes, y no me sale una mierda. Planteamiento, nudo y desenlace. No empezar con una mañana al levantarse ni situar la escena en un bar. Hay que meter algún que otro indicio sobre el que se asiente la acción, y queda absolutamente prohibido terminar diciendo que todo ha sido un sueño. De cajón, ¿no? ¿Que es fácil? ¡Ja! Si fuera fácil no estaría yo ahora mismo soltando polladas, ni resumiendo en tres malditas líneas todo lo aprendido en cuatro meses.

Pero, ¿sabes qué? Desde la calle Embajadores venía yo pensando en cómo poder utilizar toda esta teoría para contar una historia que hablara de orgullos y de prejuicios, ¿me entiendes? Vamos, lo mismo que explicó una vez Jane Austen, pero sin hijas casaderas de familias venidas a menos ni ricos herederos de moral a prueba de manchas (¡Joder! ¿Cómo pude leerme eso?) Yo, más bien, pensaba en un relatillo que empezara diciendo algo así como 'al principio, me caías como una patada en el culo', que suena más auténtico. ¡Ah! Esa es otra movida, que, para escribir un cuento, éste tiene que tener un inicio con mucho gancho. Yo creo que, en esta historia, esa frase estaría bien para comenzar, ¿no? Luego, el texto debería mantenerse con algún que otro golpe de efecto. ¿Qué te parece si siguiera comentando que la culpa de todo la tiene un señor con cara de libro en blanco? Bueno, o casi en blanco, con alguna que otra línea escrita y un prólogo demasiado largo, demasiado vago, de esos que decides saltarte para entrar de lleno en la acción. Lo que pasa es que, a veces, para entender bien una novela, hay que leérselo todo desde el principio, ¿no crees?

Bueno, que me pierdo. Y ese es otro gran problema: el tener muchas cosas que contar. Así, a bote pronto, me apetece hablar de dos Jack Daniel's con hielo, por ejemplo. Es una buena imagen... Pero también podría serlo la de un ramito de siemprevivas. Y aquí meteríamos un buen símbolo, el de las siemprevivas. Eso está bien, ¿sabes? Hay gente que puede no pillarlo, pero ahí queda para el que quiera entenderlo... Y es que no es lo mismo hablar de siemprevivas que de crisantemos, ¿a que no? De la misma manera que no es igual tomarse un Viñas del Vero de uva impronunciable que un Protos de origen dudoso, ¿entiendes?

Y luego está lo del final. Eso es lo que a mí más me cuesta. ¿Por qué? Pues porque es muy fácil el meterse en una historia, ¿sabes? En un primer momento, se te pueden ocurrir muchas ideas. No es demasiado complicado el componer un buen inicio, pero el final... El final es otra cosa. Te lías, te lías y luego no sabes por dónde seguir, ni qué hacer para que los personajes y la trama mantengan vivo el relato. Pero te digo una cosa, en clase tenemos pensado escribir algo en común. Yo creo que puede resultar bastante interesante, ¿tú qué piensas? Y es que, ahora mismo, mi problema es otro, porque me temo que esta historia en la que venía yo pensando desde Embajadores no voy a poder escribirla sola. ¿Te importaría echarme una mano?

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martes, enero 20, 2009

Para envolver la lechuga

Soy periodista en paro . Muy poco original, ya lo sé. Hay mucha gente que está como yo, y más ahora con esto de la crisis. Ajo y agua, por decirlo finalmente. Por cierto, ¿por qué están tan caras las judías verdes? La semana pasada estuve por aquí y el kilo me costó a euro y medio...

No es que sea demasiado selectiva, ¿sabe usted? A mí me da lo mismo prensa, radio, televisión o Internet. Bueno, en eso me tendría que poner más al día, porque lo mío siempre ha sido lo de redactar teletipos. Sí, estuve trabajando durante mucho tiempo en la Agencia Efe, ¿le suena? Ahora póngame cuarto y mitad de patatas… No, no. De esas no. De las que están a la izquierda, que las otras tienen pinta de llevar aquí más de quince días.

Nada, las nuevas generaciones, que dicen que vienen arrasando. Lo mío sí que era vocación. Quise ser periodista de guerra desde que levantaba un palmo del suelo. De esas que conectan con el telediario en directo, poniendo cara de circunstancias frente a un edificio hecho añicos por la metralla… ¿Que qué pasó? Pues que me salió la beca de Efe un año antes de terminar la universidad y allí me quedé. Además, eso de andar entre bombas todo el día tiene que ser la mar de engorroso…

¿Qué tal salen esas setas de ahí? Está usted seguro de que no son venenosas, ¿no? Porque mire que como me coja una intoxicación le puede salir muy caro, ¿me oye? Que todavía tengo contactos en alguna que otra redacción… Ya, esos amigos me podrían ayudar a encontrar un puestecito, ¿verdad? Si ya lo he pensado yo, no se crea usted que no, pero es que a veces la gente es muy desagradecida. ¡Con la cantidad de apuntes que le pasé yo a más de un hijo de mala madre!

Ahora, que de momento puedo ir tirando. He sacado un buen pico con el finiquito a los de la Agencia, por antigüedad. Más de diez años estuve allí pringando como una descosida. Teletipo arriba, teletipo abajo. Vamos, que me faltó el máster en televisión y tener un poco más de suerte para estar ocupando hoy el puesto de Letizia, que por un año no fue compañera mía de facultad, ¿sabe usted? ¡Ay, si es que las hay que nacen con suerte! Oiga, estas peras están un poco pasadas, ¿no? El olor que me viene desde aquí no es que sea muy bueno…

Pues sí, ya ve cómo están las cosas. Y como no tengo marido, ni pareja, ni nada que se le parezca pues tengo que tirar yo sola con la casa. Cien metros cuadrados. Es que cuando me la compré estaba segura de que iba a llegar bastante lejos, ¿sabe? Pero claro, que una no cuenta con que cualquier día puedan decirle dónde está la puerta, ¿entiende? Esas cosas les pasan a otros, pero no a ti. He pensado en escribir mis memorias de estudiante en la época de Felipe González, ¿cree que puede ser interesante? Y a ver cómo me prepara la lechuga, ¿eh? Que luego me pongo a picarla y todo son desperdicios. Al menos, supongo que no tendrá por ahí el Abc, ¿no? Lo de las grapas no viene demasiado bien para envolver la verdura…

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miércoles, enero 07, 2009

Un hilo de agua

No avanzábamos nada. Las luces de freno del coche que iba delante no se apagaban. No debí haber salido de casa con toda esa nieve por la carretera, pero ya era demasiado tarde. Lo peor no era eso, sino tener la calefacción estropeada. Seguro que si mi hermano hubiera estado en el coche se le habría hecho insoportable. En cambio, de pequeños, cada vez que llegaba al barrio una nevada extraordinaria, nos volvíamos locos lanzándonos bolas el uno contra el otro. Con el tiempo se hizo friolero, y prefería pasar las tardes de domingo leyendo a solas en su cuarto. Aquella luz de flexo escapando por debajo de la puerta... Al menos así era cuando todavía no me había marchado de casa, y seguía escuchando sus protestas cada vez que me dejaba el bote vacío de café en la despensa. Cosas de hermanos...
Sin embargo, de los dos, el perezoso era él. Me costó Dios y ayuda que encontrara una tarde libre para enseñarle mi coche nuevo, ese en el que seguía esperando a que el atasco provocado por la nieve terminara por diluirse. Creo que, en el fondo, le daba un poco de envidia; por eso de no tener todavía el carné de conducir. Ya le dije que se lo sacara despacio, que yo le echaría una mano en lo que necesitara, aunque nos viéramos tan de tarde en tarde. Pero no le dio tiempo a tomar en serio mi propuesta. No nos dio tiempo a ninguno de los dos. Alguien - o algo - había decidido que no, que menor no.
A lo lejos, los tejados a dos aguas de varias casas se apilaban en torno a la torre de una iglesia. La nieve también los cubría. Encendí un cigarro y me acordé de aquella chica que le levanté una vez. Yo sabía que le gustaba, pero era consciente de que no sería capaz de hacer nada. Su timidez no le habría dejado. Así que, como siempre, me aproveché de la situación y supe ser el más rápido. No hubo peleas, ni tan siquiera me pidió algún tipo de explicación. Tal vez pensó que era mejor callarse, que otra vendría tarde o temprano. Creo que fue precisamente por entonces cuando mamá empezó la reforma de nuestro cuarto.
Decidí entretenerme escuchando la radio, una emisora que ponía canciones de hace algunos años. Sonó "Sad eyes", de Bruce Springsteen. Springsteen... Sus discos siempre andaban revueltos sobre el escritorio de mi hermano. El cigarro se había consumido sin darme apenas cuenta. Noté el calor entre los dedos y, antes de que me quemara, lo tiré por la ventanilla. Los coches por fin avanzaron, pero no mucho; lo suficiente como para que la señal se perdiera. La canción apenas se intuía entre una maraña gris de sonidos difusos. Fuera, el sol había empezado a calentar la capa blanca, que iba perdiendo grosor poco a poco. Entre las ruedas, directo a la cuneta, corría un hilo de agua derretida.

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lunes, agosto 11, 2008

Amargo

... un ramito de ambrosía y en el huerto de la hiel...


Era imposible. Un pase de las flores sin apenas terreno. Arena y cielo. Un golpear de pezuñas, un bufido en la cara. Ajetreo de capotes. Reflejos dorados. El equilibrio perdido y la piel desgarrada. Algo te dice que eches a correr, que lo olvides todo... O quizá ese no sea tu caso. Por eso aprietas los dientes, canalizas el dolor y sigues en pie. Roto, pero en pie. Y de nuevo, aquella tibia humedad buscando el camino más corto para salir de tu cuerpo...

Heridas abiertas más tiempo del deseado. Anestesia general, puntos de sutura, drenajes y curas. Otra vez, olor a aguja esterilizada por cada rincón del cuarto. Otra vez, observar la carne partida en espera de evolución. Otra vez, medicamentos administrados con puntualidad inglesa. Otra vez, El Greco pintando rostros con sonrisa.

Y ahora, el sabor es amargo porque antes lo fue dulce. Deseas volver a probarlo, al igual que en aquel día de junio. La gloria es adictiva. Solos tú y él entre tablas, tercio y medios. Conjunción perfecta que hace perder el sentido durante unos segundos. Breve cosmogonía cuyos ecos aún perduran por aquel tendido. Efímeros y eternos a partes iguales.



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jueves, agosto 07, 2008

Un poco más yo

Se quedó mirando la pantalla. Sin atender a ella. Vista borrosa, con los ojos puestos en un lugar imaginario. El dedo índice de la mano derecha acariciando una tecla cualquiera, escogida al azar. El ceño fruncido y un paréntesis en el minutero. El estómago en tensión, porque había dado con ello. Al menos por ahora, por un momento. Tal vez luego se olvidaría y todo sería de nuevo como siempre...

"¡Qué hijo de puta! ¿Cómo consigues hacerlo?" Su escritor favorito le sonreía desde el ordenador, sin ser consciente absolutamente de nada. Y, sin embargo, era el autor de la columna que acababa de leer. Esa que le acababa de colocar en suspenso, en un limbo pasajero. Esa que acababa de dar con un acorde desconocido o apenas intuido.

"Debe de ser eso... Ahora soy un poco más yo. Más que hace unos segundos. Algunos lo llaman 'fibra sensible', pero siento como si hubiera arrancado un pedazo más de la cáscara que todavía me cubre".

Michael Curtiz, Scorsese, Astor Piazzolla, Goya, Dulce Pontes, Paco de Lucía, Delibes, Stendhal... Algunos de los nombres con los que, a veces, esa misma sensación había aparecido anteriormente. Con él, no sabe muy bien por qué, aparecía siempre. Y seguía sonriéndole, mirándole sin poder saber qué estaba mirando. Sin saber que él sería una de las miles de personas que verían esa misma foto, que leerían ese mismo texto. Sin intuir nada de lo que ahora pensaba:

"Seguro que enamorarse tiene que ser algo parecido. Quizá ella termine de quitar estos pedazos que todavía me esconden. Mientras tanto, irán cayéndose poco a poco. Contigo y con otros tantos como tú. Escribirlo como nunca antes lo había escrito nadie... Escribirme como nunca antes me había escrito nadie. Escucharme. Escucharme como nunca antes nadie me había hecho que me escuchara. Verme. Quitarme las vendas que otros me colocan. Dar con la respuesta adecuada y errar tantas otras. Cien palos de ciego y esperar a romper la piñata".

Ya había pasado. Enfocó la vista y miró el reloj. Las manecillas retomaron su pulso. En el cuarto nada había cambiado. En el cuarto no...


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lunes, junio 30, 2008

Piel muerta

Cuando las serpientes mudan de piel, ¿les dolerá? Sentir que se desprenden las escamas viejas, muertas. Lo cierto es que resulta complicado prestar atención a ese pellejo traslúcido y retorcido, evitar que los ojos no reparen en el brillo verdoso de ese cuero recién estrenado. Más imponente aún, más radiante. Dispuesto a enfrentarse al suelo sobre el que ha de reptar. Preparado para proteger un interior delicado pero flexible...

Tal vez. Seguro que es una sensación agradable. Esa de verse crecer, de dejar atrás algo que se ha quedado pequeño... Pero también resultará dolorosa, en ocasiones. No en vano, se deshace de una parte de sí misma dejándola en el camino. Así, además, advierte del peligro que puede correr aquel que se cruce con ella.

Dicen que así también cura heridas y se limpia de parásitos. Lentamente, como si no fuera con ella. Sangre fría de reptil indolente. Actitud maquiavélica de quien dispone de todo el tiempo del mundo para tejer venganzas, de sopesar pros y contras, de calcular posibles reacciones para cada una de sus presas. Y todo sin perder la compostura. Sin emitir un sólo grito. Sin guardar luto por lo que ya no es. Quizá sea algo digno de elogio. Pero puede que sea, en cambio, algo tan natural como cruel.

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miércoles, mayo 07, 2008

Vanity fair

Las prisas, para los malos toreros. Hay tiempo, así que mejor bajarse en Manuel Becerra y dar un paseo hasta la plaza. La calle Alcalá debe de bullir de gente... En los semáforos, en los bares, doblando esquinas, personas con almohadillas en la mano. Algunos, también con una cerveza en la otra.

- Ya viste a Castella el otro día. Por lo visto, también pinchó en Sevilla...
- Bah... Ese chaval no me convence del todo. Mucho arrimón, mucho arrimón... pero, a mi juicio, poca chicha.

El público recorre la explanada de Las Ventas en desorden, buscando la mejor entrada a la plaza para llegar a sus localidades. Hormigas que huyen espantadas de la huella que ha dejado tras de sí un zapato despistado.

Frente al patio de arrastre, bajo el relieve de bronce de un encierro campero, decenas de ojos escrutan a lo lejos, buscando figuras conocidas. "¡Joder! ¡Sólo quedan viente minutos para que empiece la corrida!"

Mucho traje de marca, mucha gomina y mucho perfume caro. Niñas monas con bronceado de rayos UVA hacen equilibrio sobre sus tacones de aguja.
- ¿Antón Cortés? ¡Pues si yo creía que era un bailaor flamenco! Oye, a ver si veo a la señora de los claveles, que me quiero que comprar uno.
-¿Y dónde te lo vas a prender, criatura, si no tienes tela ni para eso?

Andanada. Grada del 3. Contrabarrera de sombra. Aficionados y público. Izquierda y derecha. Monárquicos y republicanos. Antitaurinos camuflados y cazadores furtivos tanto en el tendido como en el ruedo. Miscelánea de gentes y de pasiones que quedan en segundo plano cuando arranca el paseíllo y salen unas astas afiladas - aquí casi siempre - por toriles.

Empieza San Isidro, la feria de las vanidades.

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martes, abril 22, 2008

Hipotenusa

No es muy agradable. Ya sabes, notar que el estómago se te encoge y que los pulmones se hacen más pequeños. Por eso es mejor ser cobarde, ¿verdad? Estirar la manta y taparte la cabeza por las noches. No quere mirar. No ver nada.
Luego está el sudor frío, la boca pastosa. La permanencia de unas palabras dichas a bote pronto. Por poco que guste, es lo que quedará. No valen excusas ingeniadas para enmendar errores. Por eso, la mayoría termina casándose con la novia de siempre, plantando el culo en la misma silla de oficina cada mañana o visitando las salas de cine una vez por semana.
El miedo... Si no se hubiera inventado este regulador de las acciones, tal vez - sólo tal vez - el índice anual de muertes superaría con creces la cifra de nuestros días. Pero también es posible que la hipocresía sólo nos recordara vagamente, y por asociación casi indebida, al lado opuesto del ángulo recto de un triángulo, ¿o era al revés?

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martes, abril 08, 2008

Trouble

731 días...
No hay otra posibilidad. Lo sabes, pero es mejor engañarse; andar de puntillas sobre la evidencia; darle prórrogas al tiempo; actuar por ensayo - error hasta hacer estallar el cristal de la probeta.
Las manos atadas a la espalda esperaban el tiro de gracia. Mientras, tú pasabas los días esperando un indulto que tardaba en llegar. La petición, finalmente, fue escuchada. Sólo que no fue tuya la causa.
[...]
"ya...trágate la otra opción que piensas, no es momento de decirla,,,.....pero es curioso, sé que ella está pensando en la otra opción tambien!!!....lo sé, jejeje, pero alto, omítela, la nada siempre es la nada, y total si las cosas dan giros de 360º en días, en años y medios...mejor ni pensarlo no!!!!!"
[...]
Y sin embargo, apuesto a que a día de hoy los sótanos del edificio 15 parecerían más vacíos que nunca. Es cuestión de comprobarlo; ocupar un rincón escondido y esperar en vano a que entre alguien con aquella misma suficiencia. Apariencia de situación bajo control. Una sonrisa de medio lado más...
Maktub, Shazadi. ¿Sabes tú dónde están? Tal vez deba buscarlas en un tablero de ajedrez ("el alfil se desplaza en diagonal"), o junto a una taza de té caliente. Una vez me dijeron que sus pasos suenan todavía sobre las piedras, gastadas de siglos, de una ciudad castellana. Quizá tú lo recuerdes mejor... O quizá también lo hayas olvidado.
De tu parte, en cambio, existen ahora más incógnitas. En su día, despejar la "x" no fue un grave problema para superar la asignatura. Pero decidí desertar de un campo de batalla que una vez dominé, a sabiendas de que la victoria - a pesar de todo - no era mía.
Día de perros en Madrid. Sé que, en algún punto de la ciudad, esa misma lluvia a ti también te afecta.


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domingo, marzo 30, 2008

No hay nostalgia peor...

Entre la masa informe de rostros que se almacenan en la memoria, a veces, resalta uno. Entonces, coge las maletas y se instala en el cuarto de al lado durante un par de días. Corto espacio de tiempo. Suficiente, en cambio, para cuestionar el desarrollo de los acontecimientos que siguieron a su primera aparición. Por casualidad, la mayoría de las veces.
Tal vez sea verdad. Quizá Faulques tenga razón y todo no sea más que una serie de líneas, de figuras geométricas que desembocan en el acontecimiento final. Es posible que todavía Roma sea el destino de todos los caminos.
Da vértigo, aún así, pensar en todas las puertas que se cierran y que se abren. Todas las combinaciones necesarias para cada resultado. Por eso, con ayuda del rostro que viene de visita, es inevitable jugar a variar factores. Analizar un posible cambio del producto. Rebatir la teoría matemática.
Pero la ciencia es más fuerte. El rostro termina por dejar de nuevo libre la habitación de al lado. Volverá pronto. Él, al igual que unos cuantos más. Sin ellos, las líneas y las figuras geométricas habrían tomado longitudes y formas distintas.
Todos, tarde o temprano, acudirán en tropel para comprobar su parte de culpa en el resultado final.


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lunes, marzo 17, 2008

Luna de Parasceve

"En estos días no se razona. Se siente nada más. Se vive y no se recuerda. La Semana Santa no ha existido hasta ahora mismo. Queda lejana toda cuestión previa. Inútil buscarle raíces teológicas o tubérculos históricos. Nace la Semana Santa en sí, para sí y por sí. Es autóctona, autónoma y automática. Nace y crece como una planta. Dura siete días y en este tiempo germina, levanta el tallo, florece, fructifica y grana.
Acaba finalmente cuando el postre nazareno se descalza las sandalias y las envuelve en el último número de 'El Socialista'.
El último nazareno, sí tiene su historia y su filosofía. En pesados artículos doctrinales ha leido algo sobre Hegel. También sabe que existe la interpetación materialista de la historia. Pero ahora no se trataba de eso. No se trataba de Largo Caballero. Pero, ¡cuidado!, tampoco del Sumo Pontífice. Se trata de la Semana Santa.
La Semana Santa carece de antecedentes filosóficos y políticos. Es decir, no tiene antecedentes penales.
El último nazareno está contento. No siente haberle hecho traición a nadie. Ni siquiera a la Segunda Internacional. El es, primero, sevillano.
Por lo demás ha cumplido con su deber. En la puerta del Ayuntamiento unos jóvenes tradicionalistas gritaban: ¡Viva la Religión Católica Apostólica Romana! Y él fue uno de los diez mil que pusieron las cosas en su sitio:
-¡No! ¡Que viva la Semana Santa!"

Semana Santa: teoría y realidad
Antonio Núñez de Herrera
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Hace ya más de un día que la primera en Campana entró de nuevo en la Anunciación. La Amargura, la Paz, la Estrella, la Hiniesta... descansan arropadas por la oscuridad de sus templos, escuchando aún los ecos de las marchas tras los pasos y las voces, a la par imperativas y cálidas, de los capataces.
San Pablo se ha hecho mayor, desplegando colas de pavo real en este Lunes Santo que emite sus últimos estertores junto al Cristo del Museo. Aquel tras cuyos moldes - dicen - se arrojó al Guadalquivir Marcos Cabrera, seguro de no ser capaz de crear de nuevo obra similar ("fíjate en el escorzo de la cadera"), acaba de salir de la Catedral, buscando de nuevo la calle Alfonso XII. Tan lejos, ahora; tan cerca, entonces... conciliando el sueño con las notas de una banda, Virgen de las Aguas, en plano de fondo.
Y Santa Marta. Cómo pasarte por alto. Silencio en San Andrés. Río de túnicas negras de cola que anuncian sombras de misterio proyectadas sobre paredes encaladas, poco antes de doblar la esquina. Puertas que se cierran sin reverencia alguna hacia el personal. Ni algarabía ni fiesta. Retazos castellanos en el corazón de Sevilla. Preludios de Vera Cruz.
Llueve en Madrid. A quinientos kilómetros, los de la Candelaria, Santa Cruz y, por supuesto, los Estudiantes, deben de andar alzando, inquisitivos, la mirada -"otro año no, Señor" -, maldiciendo por no tener la capacidad de espantar nubes negras a fuerza de ganas.
Y yo, mientras, con impaciencia de "armao" contando los minutos que restan para la noche del Jueves. La Vieja Dama y yo tenemos antiguas cuentas que saldar a altas horas de la madrugá(da), a la salud de tantos años de imaginación y saetas lejanas en el silencio de una habitación.
Por fin, y si el tiempo no lo impide, Ella se desnudará ante mí bajo la luna de Parasceve.

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jueves, febrero 28, 2008

24 años

Las paredes estaban pintadas en verde y blanco. El suelo era de terrazo moteado. Los altos ventanales, de cristal esmerilado, sólo dejaban entrever las formas del exterior. Aún podría recorrer sin dificultad cada clase, llegando hasta el despacho del director, los baños o el aula de mecanografía. El olor a plastilina de la clase de parvulitos. La humedad que saltaba a la cara cada vez que bajábamos al gimnasio. Las espalderas, el potro y la colchoneta descansando en un oscuro rincón. Instrumentos de tortura para los que creíamos que nada bueno puede conseguirse poniendo el cuerpo del revés.
La medida de nuestro tiempo estaba marcada por lo mucho o poco que faltaba para la próxima excursión o para las vacaciones de verano. Llegar a 5º de EGB suponía un antes y un después en tu paso por el cole: por fin podías formar parte de la función de Navidad que organizaba cada año Doña Loli. "¡Salve, pastores de Judea! [...] ¿Habéis visto pasar por aquí una estrella nueva, distinta de todas las otras?"
Los veinte duros del abuelo daban mucho de sí. En cambio, las más de las veces solían intercambiarse por un buen manojo de chuches: una bolsa de Glubbins, otra de gusanitos, tres variedades distintas de regaliz, dos fresas, una moneda de chocolate y tres moras. Suficiente aprovisionamiento para afrontar a golpe de sonrisa el fin de semana.
Los domingos, en el campo. La paella con sabor a humo. Las ortigas. Recorrer caminos dando pedales, imaginando cómo será el sitio donde va a dar esa vereda por la que ahora nos llevan. ¿Un arroyo? ¿Una arboleda? Nada como Valdagueras. Luego, mientras los mayores se afanaban en plantar nuevas matas de sandía, yo me pasaba las horas balanceando sueños sobre aquel columpio rojo...

-¿Sabes que una parte del colegio es ahora es una tienda enorme de "todo a un euro"?
-¿Pero qué me dices, mamá?
- Ya ves...
Y cada día, camino de la estación, veo aquel solar donde me desollé las rodillas jugando al "rescate", donde crié fama parándolas todas cuando me ponía de portera, convertido en una maraña de malezas y desperdicios. A la vez, aquellos nombres y apellidos de compañeros que en su día aprendí de memoria comienzan a ser difíciles de recordar. Al comprobarlo, una extraña angustia, causada, quizá, por la certeza de que aquello que no se recuerda se convierte en algo que nunca ha existido, aparece en la boca del estómago.
Si sólo fuera eso... Ahora, sentada sobre el columpio rojo ya no podría mirar hacia arriba para ver pasar las nubes, como antes hacía. La vista, parecer ser, está tapada por la carretera que han decidido construir sobre la más ilustre representación de mis juegos de niña.


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jueves, octubre 04, 2007

Próxima parada

Existía. Candela estaba segura de que existía, porque había visto su nombre en el plano del metro. Ahí, justamente a continuación de la parada en la que se bajaba todos los días. En cambio, aquellas vías que se prolongaban hasta donde su vista podía alcanzar le parecían poco menos que un misterio: “¿Qué habrá en aquella otra estación? ¿Hasta dónde me llevarían los trenes que salen desde allí?”

Cada mañana, acostumbraba a echar una breve cabezada, aprovechando los minutos de trayecto desde su casa hasta el trabajo. La voz enlatada de la mujer que anunciaba la llegada a su estación activaba por segundos su mal humor. Después, echaba el pie al andén, empujada por las mochilas y los bolsos de los viajeros que salían del vagón como una exhalación, y miraba hacia su derecha, observando el hueco negro del túnel por el que después se perdería el tren.

Aquella próxima parada había comenzado a conquistar terreno en sus pensamientos; poco a poco, como un cáncer. Mientras ocupaba su mesa de secretaria a la puerta del despacho de su jefe, un abogado de prestigio, se imaginaba finalizando el trayecto que todos los días se veía forzada a interrumpir. Estaba segura de que la suya no era la estación en la que realmente se tenía que apear, por mucho que, a todos los efectos, así lo pareciera.

Ocurrió. No fue un día de sol, ni tan siquiera se sentía más motivada de lo habitual. El aire no olía más limpio y el imbécil del vecino del tercero esta vez tampoco le había dado los buenos días cuando coincidió con ella en el ascensor. A Candela no le sucedió ninguna de esas gilipolleces que hacen prever el final feliz de toda película ñoña. Sencillamente, llevaba tanto tiempo imaginando los pasos que debería dar para cumplir por fin con el deseo de saber qué había más allá, que aquel día no abrió los ojos cuando la voz plana y fría anunció su parada. Permaneció inmóvil en su asiento de plástico azul hasta que el tren llegó a su destino.

Entonces, una vez se encontró en aquella estación de ferrocarril que tantas veces se había imaginado, encaminó sus pasos decidida hacia la primera taquilla que vio. Miró con firmeza a la chica uniformada que atendía aburrida a los pasajeros tras el cristal y, pronunciando con seguridad cada palabra, se atrevió por fin a preguntar: “Buenos días, ¿me vende un billete para el primer tren que salga hoy?”

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jueves, agosto 23, 2007

Figurantes de película

Están ajenos a todo. Si ríes, si lloras, si caes enfermo, si cumples años, si pierdes todo cuanto tienes. Las nubes siguen su camino por encima de tu cabeza y de la mía. Ese castaño de la esquina que ves cada mañana al despertar continuará meciendo sus ramas con las inconstantes sacudidas del viento. Tú, yo, nuestros problemas, sus quehaceres, tus desvelos. Nada interrumpe el compás al que todo gira.
Un mal día, otro bueno. Las rachas de fortuna o de dolor. Tu nacimento, tu muerte. Todo son meras anécdotas para ellos; un minúsculo eslabón más de la cadena en la que todos estamos engarzados; una pequeña célula cuya suerte poco importa para el correcto funcionamiento del organismo.
Ya sabes que todo pasa, que en nada influye si fue el pie derecho o el izquierdo con el que te echaste hoy de la cama al suelo, que mañana será otro día igual o, como mucho, tan sólo diferente. Nada cambiará el guión que marca el desarrollo de la escena en la que no eres más que un pobre figurante.

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miércoles, julio 25, 2007

Línea tangente

Volvió a verlo hace muy poco. Estaba sentado en una terraza, junto a su mujer. Parecían como uno de esos matrimonios bien avenidos que pasan en solitario la noche del sábado tónica en mano, viendo ir y venir a los jóvenes que, tímidamente, comienzan a transitar la zona de copas.
No le costó reconocerlo, a pesar del tiempo que había transcurrido desde que se vieron por última vez; por supuesto, sin dedicarse tan siquiera un leve gesto a modo de saludo. Seguía teniendo aquella cara de constante complacencia, aunque parecía que había ganado algo más de peso. Además, visto lo visto, resultaba evidente que el buen gusto a la hora de vestir se había ido al garete con su soltería.
“¿Cómo te llamas? ¿Mañana también vas a estar por aquí?” Y a aquellas preguntas formuladas siete años atrás respondía sorprendida una chica oronda con cara de cráter lunar, sin poder creerse aún receptora de ellas. Después llegarían otras caras, otras interpelaciones, otras circunstancias. Manos que amasaron el barro para contribuir a darle forma de mujer, mientras él blindaba su futuro entre chalés adosados y alianzas de oro. Ahora ya no queda crater, ni luna, ni preguntas, ni respuestas, ni tan siquiera el lugar en el que todo empezó.
Ella, en cambio, sigue queriendo fumarse la vida a grandes caladas del más puro tabaco negro. Nunca dejó de creerlo. Esa idea crecía con más fuerza a medida que conocía más detalles del irónico destino divergente que a ambos parecía esperarles. Su camino es una tangente que toca en un único punto la estática mesa que él ocupa y, mientras continúa hacia delante, volviendo el rostro con ojos disimuladamente extraviados, un pequeño proyecto de persona emite sus primeros latidos en el vientre de aquella por la que ahora ya no sería capaz de sentir el menor atisbo de envidia.

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miércoles, marzo 07, 2007

Retrato

El filtro de sus pequeños ojos tristes modifica la realidad a gusto del consumidor a sabiendas. Sabe que la alegría no se hizo para almas en pena como la suya y prefiere regodearse en las miserias humanas, más literarias y productivas. "Las sonrisas mejores son si se dibujan con el lápiz del recuerdo", piensa.
Una mochila de cuero curtido por el paso de los años y las estaciones de tren recorridas encierra los pocos objetos que considera personales: un cuaderno de viaje, dos retratos de mujer y una antología poética de la Generación del 27, cuyas páginas, gastadas y amarillentas, vuelve a repasar siempre en alguna ocasión a lo largo del día.
"¿De dónde soy? De todos los sitios y de ninguno. La patria no es más que la memoria", dice a todo aquel que por él se interesa. No son muchos, no crean. Su figura, frágil y desaliñada, tan sólo provoca rechazo o pena.
Cuando habla, dicta sentencia, cuando calla, también. Observándole, el silencio oportuno se hace axioma ante mil explicaciones concretas. Mañana paseará de nuevo su cuerpo menudo por las calles de esta ciudad, buscando ya próximo destino. Mientras, seguirá memorizando rostros, gestos y conversaciones ajenas para cerciorarse, una vez más, de que todos somos, en el fondo, las mismas personas.

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jueves, febrero 15, 2007

Still haven't found

Todo está oscuro. Acaba de abrir los ojos. La luz de las ocho de la mañana entra por la ventana de su cuarto, pero sigue sin ver nada.
Echa el pie con desánimo a la alfombra. Tambaleante, se coloca a duras penas las zapatillas de estar por casa y aún entre sueños se dirige hacia el cuarto de baño. Piensa: "¿Qué hay de bueno para hoy?" Responde: "Nada". "Entonces, ¿por qué despertar?" Responde: "No hay más remedio" Pregunta: "¿Hasta cuando?" Responde: "No lo sé".
Cabizbaja, coge braguitas limpias, el calefactor y abre el grifo de la ducha. El agua caliente no ayuda a desperezarse. Realmente no quiere hacerlo. Se reafirma en su idea de que son como pequeños plazos diarios que se da para retrasar el momento.
La leche caliente por la mañana, el cigarro después de salir de trabajar, la canción que escucha poco antes de acostarse, su sonrisa de medio lado. Poco más. Plazos, sólo plazos. Pequeñas muestras en sobres de plástico para comprar Felicidad.
La cuestión está en saber dónde se vende.

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