Mind the gap (y II)

Creo que los ojos se me debían de salir de las cuencas. En el momento en el que nos colocó el filete entero de bacalao encima de las patatas fritas, tuvimos que poner la misma expresión de habernos encontrado con una rata en el interior de un bote de Coca Cola. “Five pounds each, please”. Pues nada, five pounds. Y camino del hotel con el cartucho de pescao inglés. Que si quieres “fish and chips”, Catalina. “Mind-the-gap” se habría descojonado vivo. Es lo que tiene jugar con ventaja en tu propio país, igualito que con la pinta de cerveza. No habría sido tan difícil comentarnos que de pequeños trocitos nada, que allí el pez no se cortaba y te lo tenías que comer tal cual. Pero claro, que el pobre no salía de esas tres palabras tan difíciles de olvidar para un usuario del metro londinense…
Al día siguiente, no volvimos a escucharlo hasta después del Cambio de Guardia; esa exhibición, disciplinada y musical, de soldaditos de plomo a tamaño natural. Tras entrar en contacto con el masivo calor humano apostado frente al palacio de Buckingham, fuimos a buscar a Mr. “Mind the gap” hasta Green Park. Nuestro amigo se alegró de vernos, a pesar de haberle sido infiel unas cuantas horas antes con el autobús de dos pisos. Y se vino con nosotras a montar en el London Eye. De gratis, eso sí. Echádole jeta. Total, nadie lo ve. Sólo se le oye o se le recuerda.
Por listo, por venir allá donde íbamos, se tragó también el coñazo del barquito. Támesis arriba. Allá donde Londres seguro que recibe otros nombres que bien podrían sonar a Leganés o Alcorcón. Le faltó tiempo, como a nosotras, de ver la cúpula de la catedral de San Pablo para echar pie a tierra y, de paso, tropezarse por pura casualidad con el Globe de Shakespeare. Con Dios, hermano “Thames Clipper River Roamer”, que nosotros nos vamos caminito de Fleet Street. Que siga usted recogiendo a tanta gente y pasando varias veces al día por debajo del Tower Bridge. Se lo cambio gustosa por la “M-40 a la altura de los túneles del Pardo”, a pesar de que cualquier día pudiera terminar de catamarán hasta los cojones.
Por la calle del “barbero diabólico”, ni rastro de Sweeney Todd. Ningún atisbo, tampoco, de periodista alguno. Hace tiempo que las grandes cabeceras se marcharon de allí, dejando solas y sin amigos a las “Royal Courts of Justice”. ¿Cómo podría definir la pinta de ese edificio? Tal vez algo así como “reducto de Camelot urbano donde los caballeros de la Tabla Redonda usan toga en vez de armadura”. Me temo que mi colega, el de la voz del metro, no habría estado muy de acuerdo conmigo en caso de haberme escuchado… El hombre era más bien de “sota, caballo y rey”. Eso de imaginar parecía no ir mucho con él...
Y prefiero pensar que cogimos Covent Garden en horas bajas, o que la expectación era demasiado alta. Por más vueltas que dimos no encontramos nada extraordinario por allá, a excepción de unos cuantos locales en los que no resultaba difícil imaginarse a una misma echando una tarde entera en ellos, para ver pasar a la gente por la calle. Llegados a este punto, seguro que Mr. “Mind the gap” me habría dicho cuatro cosas con mucho gusto, pero me parece que el peor momento para todo un “londoner” como él estaba por llegar. Y todo por culpa del Museo Británico. Entrar en semejante lugar te plantea la duda de si los ingleses de verdad se desvivían por la arqueología… o si lo que realmente les pasaba es que eran “amantes de lo ajeno”. Va a ser que me decanto por lo segundo…
Sí, se cabreó conmigo. Bueno, eso es lo que habría hecho de haber sido real. Sin embargo, nos dio mucha pena despedirnos de él unas cuantas horas después de flipar en colores con los frisos del Partenón “conservados en almíbar”. Tuvimos una hora, entre el barrio de Bloomsbury y el aeropuerto de Heathrow, para sonreír – incluso - con la atención tan desmesurada que nos dedicaba nuestro colega, tan preocupado durante esos cuatro días de que no se nos fuera a olvidar el dichoso agujerito. Pero - ¡lo que son las cosas! - una vez en el avión, eché mucho de menos alguna voz masculina que me dijera algo así como “mind the gap between London and Madrid”.
Al día siguiente, no volvimos a escucharlo hasta después del Cambio de Guardia; esa exhibición, disciplinada y musical, de soldaditos de plomo a tamaño natural. Tras entrar en contacto con el masivo calor humano apostado frente al palacio de Buckingham, fuimos a buscar a Mr. “Mind the gap” hasta Green Park. Nuestro amigo se alegró de vernos, a pesar de haberle sido infiel unas cuantas horas antes con el autobús de dos pisos. Y se vino con nosotras a montar en el London Eye. De gratis, eso sí. Echádole jeta. Total, nadie lo ve. Sólo se le oye o se le recuerda.
Por listo, por venir allá donde íbamos, se tragó también el coñazo del barquito. Támesis arriba. Allá donde Londres seguro que recibe otros nombres que bien podrían sonar a Leganés o Alcorcón. Le faltó tiempo, como a nosotras, de ver la cúpula de la catedral de San Pablo para echar pie a tierra y, de paso, tropezarse por pura casualidad con el Globe de Shakespeare. Con Dios, hermano “Thames Clipper River Roamer”, que nosotros nos vamos caminito de Fleet Street. Que siga usted recogiendo a tanta gente y pasando varias veces al día por debajo del Tower Bridge. Se lo cambio gustosa por la “M-40 a la altura de los túneles del Pardo”, a pesar de que cualquier día pudiera terminar de catamarán hasta los cojones.
Por la calle del “barbero diabólico”, ni rastro de Sweeney Todd. Ningún atisbo, tampoco, de periodista alguno. Hace tiempo que las grandes cabeceras se marcharon de allí, dejando solas y sin amigos a las “Royal Courts of Justice”. ¿Cómo podría definir la pinta de ese edificio? Tal vez algo así como “reducto de Camelot urbano donde los caballeros de la Tabla Redonda usan toga en vez de armadura”. Me temo que mi colega, el de la voz del metro, no habría estado muy de acuerdo conmigo en caso de haberme escuchado… El hombre era más bien de “sota, caballo y rey”. Eso de imaginar parecía no ir mucho con él...
Y prefiero pensar que cogimos Covent Garden en horas bajas, o que la expectación era demasiado alta. Por más vueltas que dimos no encontramos nada extraordinario por allá, a excepción de unos cuantos locales en los que no resultaba difícil imaginarse a una misma echando una tarde entera en ellos, para ver pasar a la gente por la calle. Llegados a este punto, seguro que Mr. “Mind the gap” me habría dicho cuatro cosas con mucho gusto, pero me parece que el peor momento para todo un “londoner” como él estaba por llegar. Y todo por culpa del Museo Británico. Entrar en semejante lugar te plantea la duda de si los ingleses de verdad se desvivían por la arqueología… o si lo que realmente les pasaba es que eran “amantes de lo ajeno”. Va a ser que me decanto por lo segundo…
Sí, se cabreó conmigo. Bueno, eso es lo que habría hecho de haber sido real. Sin embargo, nos dio mucha pena despedirnos de él unas cuantas horas después de flipar en colores con los frisos del Partenón “conservados en almíbar”. Tuvimos una hora, entre el barrio de Bloomsbury y el aeropuerto de Heathrow, para sonreír – incluso - con la atención tan desmesurada que nos dedicaba nuestro colega, tan preocupado durante esos cuatro días de que no se nos fuera a olvidar el dichoso agujerito. Pero - ¡lo que son las cosas! - una vez en el avión, eché mucho de menos alguna voz masculina que me dijera algo así como “mind the gap between London and Madrid”.
Etiquetas: Jugando a ser viajera